Cada tarde, cuando cae el sol sobre los bosques de Camerún, comienza una rutina poco habitual. En una clínica de la Fundación Tikki Hywood, los pangolines despiertan después de pasar varias horas en reposo y reciben cuidados diseñados para reproducir las condiciones de su vida silvestre.
Algunos llegaron después de ser encontrados en mercados; otros fueron víctimas de trampas, heridas o del tráfico ilegal. El desafío no termina con el rescate. Los especialistas deben conseguir que estos animales vuelvan a alimentarse, recuperen su peso y desarrollen nuevamente conductas naturales antes de ser liberados.
Según National Geographic, el trabajo adquiere especial importancia porque el pangolín se encuentra entre los mamíferos silvestres más traficados del mundo, perseguido principalmente por sus escamas y por la demanda internacional que existe alrededor de ellas.
Los pangolines poseen una característica que los distingue de cualquier otro mamífero: su cuerpo está cubierto por escamas de queratina superpuestas. Frente a una amenaza, suelen enrollarse hasta formar una esfera compacta que protege la cabeza, las extremidades y el vientre.
Ese mecanismo resulta eficaz frente a depredadores como leopardos, hienas y águilas. En algunas zonas de África, incluso se han observado leones intentando golpear a los animales para conseguir abrirlos.
Para los cazadores furtivos, esa misma conducta facilita su captura: en lugar de escapar, el pangolín puede permanecer inmóvil y convertirse en un objetivo accesible.
En África existen 4 especies y estos animales están presentes en al menos 34 países. Durante décadas fueron cazados por su carne en distintas regiones. Luego, el crecimiento de las redes internacionales de tráfico añadió una presión mucho mayor sobre sus poblaciones.
La demanda proviene principalmente de Asia Oriental, donde los pangolines también son considerados un alimento apreciado y sus escamas se utilizan en productos asociados a la medicina tradicional china. National Geographic señaló que no existen beneficios científicamente probados que respalden esas aplicaciones.
En la Fundación Tikki Hywood, una de las principales dificultades consiste en conseguir que los pangolines coman en cautividad. Su dieta natural está compuesta por grandes cantidades de hormigas y termitas, pero estos animales pueden ser extremadamente selectivos.
La estrategia desarrollada por la organización busca reproducir su comportamiento natural de búsqueda de alimento. Los cuidadores llevan a los ejemplares a caminar por el bosque, los colocan cerca de troncos podridos, maleza y otros sitios donde pueden encontrar insectos, y así reducen el estrés y estimulan el apetito.
Lisa Hywood, fundadora de la organización, descubrió esta metodología a partir de su experiencia con Negomo, el primer pangolín que recibió en 1994, época en que existía muy poca información sobre cómo rehabilitar a estos animales. Según relató a National Geographic, Negomo le enseñó al mundo lo que necesitan los pangolines.
El seguimiento del peso corporal también es fundamental. Los especialistas registran pequeñas variaciones para evaluar el estado de los animales, ya que incluso la presencia de personas desconocidas puede provocar una pérdida considerable de peso en ejemplares de tamaño reducido.
La magnitud del comercio ilegal llevó a los países del mundo a establecer en 2016 una prohibición global sobre el comercio de las ocho especies de pangolines. Las redes de tráfico continuaron operando en distintas regiones, especialmente en lugares donde los controles resultaron insuficientes.
Nigeria se convirtió en un punto central de las rutas de exportación ilegal desde África hacia Asia. Entre 2021 y 2025, las autoridades aduaneras nigerianas incautaron más de 28 toneladas de escamas de pangolín, una cantidad asociada a hasta 135.000 animales, según la información citada por National Geographic.
Olivia Swaak-Goldman, directora ejecutiva de la Wildlife Justice Commission, afirmó que estas operaciones demostraron que el comercio puede ser interrumpido.
Matt Shirley, copresidente del Grupo de Especialistas en Pangolines de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza, señaló que el mercado ilegal continúa existiendo pese a las acciones realizadas.
La conservación también depende de conocer mejor el comportamiento de los animales que todavía viven en libertad. En Zimbabue, algunos pangolines liberados llevan acelerómetros inalámbricos, dispositivos capaces de registrar sus movimientos en tres dimensiones.
Los datos permiten identificar cuándo un ejemplar camina, busca alimento, excava o descansa. Esa información ayuda a los investigadores a comparar el comportamiento de los animales libres con el de aquellos que permanecen bajo cuidado humano.
En Kenia, el Proyecto Pangolín también trabaja para proteger una población de pangolines terrestres gigantes en el ecosistema de Nyekweri. El equipo eliminó 130 kilómetros de cercas electrificadas peligrosas y consiguió preservar casi 6.500 hectáreas mediante acuerdos con propietarios locales.
El objetivo de estos proyectos es reducir las amenazas directas y, al mismo tiempo, conservar los espacios donde los pangolines todavía pueden alimentarse, reproducirse y desplazarse sin quedar expuestos a las redes de tráfico o a la pérdida de su hábitat.